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miércoles, 15 de julio de 2015
Se retiró del fútbol uno de esos especialistas en la mediapunta; lugar (las tres cuartas partes del campo) donde se gesta la velocidad del juego,
Donde una gambeta o un pase mal dado hace que tu equipo quede desfasado. A contrapié. Se retiró Pablo Aimar. ¿Por qué se fue?
Por su tobillo, maltrecho. ¿Por el ambiente? Esto es, lo que llamamos clima… ¿Por no soportar estar fuera de la lista en la Copa Libertadores? ¿Fue tan repentino el inexorable dolor en el tobillo que casi in situ decidió retirarse? Y escribir una carta, como despedida… ¿Miedo escénico tal vez? Y no lo trato de falto de agallas a un tipo que jugo como jugo Pablo: valiente. Me refiero a volver a sentir ese cosquilleo y que te preguntes ¿Qué hago acá?
¿Por qué Gallardo le ofrece seguir hasta fin de año? O sea, le pedirá que revea su postura. Si el dolor o lesión en el tobillo, según Aimar, no le permite estar a la altura de River. ¿Acaso algo o alguien le puso la vara más alta de lo que debía estar?
Jugador exquisito, que jugo como habla: en voz baja, pausado pero punzante. Cuando hablaba, poco, metía la daga justa. Como en aquel día, en el hall del aeropuerto, cuando el periodista Norberto Dupesso trato en vano de hacerlo trastabillar en sus declaraciones. Para que Aimar dijera si estaba de acuerdo o no con las expresiones de Maradona…”Yo no tengo que estar de acuerdo ni en desacuerdo” le espeto Pablo, como si fuera un pase a un callejón vacío.
Se cansó Aimar de tanto lidiar con sus propias angustias. El “payaso”, tal cual su apodo, nos debía una última función. Para alegrarnos de nuevo, para disfrutarlo una vez más.
Cristian Muntaner
